San José Moscati
y su viaje a Lourdes

Alfredo Marranzini s.j.
[Traducción de Eloy José Santos]

En 1923 Moscati ha alcanzado ya el renombre y la celebridad que hubiera preferido evitar, y su vida adquiere un ritmo obsesivo, sin paz ni treguas.

Sale de madrugada para oír misa y comulgar; después, pasa tres o cuatro horas en el Hospital Incurabili

Cuando vuelve a casa, se encuentra con numerosos pacientes que le esperan, procedentes de distintas clases sociales, llegados de la ciudad y de otras regiones del sur de Italia. Recibe a todos ellos, pero concediendo la precedencia a los más pobres. Al final, le quedan las visitas a domicilio reservadas a los más débiles. En esta labor suele acompañar al profesor uno de sus alumnos, durante el trayecto a pie, sobre todo en los barrios más pobres, donde todas las esperanzas recae sobre él. Las peticiones de visita a domicilio fuera de Nápoles son cada vez más frecuentes.

Esta actividad, realizada a un ritmo desenfrenado, inquieta seriamente a parientes y amigos, que insisten para que descanse un poco. El mismo Moscati pensaba a menudo en la posibilidad de pasar una semana o dos en la casa paterna de Santa Lucia di Serino (Avellino), donde se formaron sus recuerdos de infancia. Pero las necesidades de sus enfermos le obligan a aplazar sus vacaciones.

Entre tanto, la aparición de algunos problemas en la vista le inquieta un poco, no tanto por él, sino por el temor de verse obligado a disminuir, o peor aún, a detener su trabajo.

La Basílica de Lourdes

La ocasión se presenta en forma de un Congreso Internacional de Fisiología en Edimburgo (Gran Bretaña). El profesor Bottazzi será uno de los primeros en informarle, y en convencerle para que asista: de ese modo podrá ponerse en contacto con los mayores expertos del mundo y asimilar los últimos conocimientos científicos, que le permitirán realizar su trabajo con un mayor grado de cualificación.

Moscati habla con su familia, que desde luego le anima a aprovechar la ocasión. Él, sin embargo, duda hasta el último instante; al final será el Padre Perillo, barnabita, a quien había pedido consejo, el que le convencerá para que emprenda el viaje como si fuera "un deber". Sus compañeros de viaje serán los profesores Quagliarello, De Blasi y Bottazzi, la mujer de este último y sus dos hijas. A pesar de su estado de salud, Moscati escribe igualmente un diario de viaje muy detallado y de amplias resonancias.

Sus escritos expresan los sentimientos de un místico, de un sabio y un esteta, y demuestran su maestría lingüística. Su admiración ante la maravilla de las cosas es muy aguda y vivaz, pero tamizada por profundas exigencias espirituales. La inteligencia estilística es notable, la mirada va en seguida más allá de la apariencia; el estilo límpido y preciso expresa su pensamiento con vivacidad y elegancia.

Salida para Roma e Inglaterra – Diario personal

A las 10.15 salida para Roma, en compañía del profesor Bottazzi, su mujer y sus dos hijas, de Gaetano Quagliarello y del profesor De Blasi.

El Señor, desde hacía ya tiempo, había calmado las tormentas de mi corazón: estaba yo abatido y pensaba que quizá había perdido el fruto del poco bien que había podido realizar durante los años pasados... Pero el Buen Dios había alejado de mí las ocasiones de pecar ya desde hacía muchos meses, y me había concedido, en su infinita ternura, una paz muy dulce; unos días antes había leído en la biografía de la Bienaventurada Teresa del Niño Jesús (1) una frase escrita a mi medida: "Incluso el abatimiento, Dios mío, es un pecado". Sí, es un pecado de orgullo, porque me ha persuadido de que he aceptado en mí la idea de haber hecho algo grande, cuando, al contrario, nunca hemos sido otra cosa que servidores inútiles". [...]

Carta enviada desde Lourdes, 6-7 de agosto de 1923

Llegué hacia las 8.30 a Lourdes. Había salido a las 7.30 de la horrible Gare d’Orsay de París (subterránea), con un calor sofocante. Casi todo el tren estaba reservado; pero conseguí encontrar un sitio y, por suerte, durante el trayecto, la persona que estaba enfrente de mí se marchó a otro compartimento, permitiéndome así alargar deliciosamente las piernas. [...]

La Santa Virgen de Lourdes

El tren se detuvo un poco en Poitiers y en Tours antes de Burdeos, y luego en Lourdes. Tienen trenes rápidos, estos franceses, quiero decir que avanzan siempre y no se paran: cosa imposible en Italia. He encontrado un hotel (St-Louis-de-France), regentado por una vieja señora, Mlle.Jacob. Pero Lourdes está lleno de hoteles. Está repleto de omnibuses, de hoteles, algo nunca visto ni en Londres, ni en París.

Me he acercado en seguida a la iglesia del Rosario, donde se celebran infinidad de misas. He servido en una, porque me di cuenta que el sacerdote tenía algún problema para encontrar a alguien que le ayudara.

Lourdes es una hermosa ciudad sobre las primeras estribaciones de los Pirineos; está atravesada por un rápido torrente (el Gave). Donde se apiñan las casas me parecía ver Atripalda; así como la parte que da hacia la basílica, con su amplio horizonte y el cinturón de montañas y el bello sonido de las campanas me han recordado Serino (2). Montañas de roquedos de color marrón y negro, que contienen minerales preciosos (ágata, ónix, cuarzo); y los habitantes fabrican con ellos objetos preciosos. ¡Todo es caro por aquí!

Me he dedicado al santuario. Al principio, no me causó una gran impresión. Una gran explanada con un parque, cerrada al fondo por dos rampas en forma de tenazas, que conducen a la iglesia del Rosario, elíptica, bizantina, con numerosos altares a lo largo del perímetro de la elipse. Por encima de la iglesia del Rosario se encuentra la basílica, constituida por una cripta donde se hallan los confesionarios y una iglesia gótica, donde se repite el sistema ya visto en Francia y en Inglaterra: pocas imágenes, preferentemente estatuas y bajorrelieves que se armonizan con la parte arquitectónica del templo. Los altares no se encuentran en la pared al fondo de las capillas, sino en la parte lateral, hacia el altar mayor.

Pasando por la rampa de la derecha se bordea la roca sobre la que se apoya la basílica, y se encuentran en seguida las piscinas, después los grifos de agua y al final la gruta de las apariciones, parecida a la de San Nicolás de Tolentino (3), pero más grande.

La roca está toda tiznada de humo y ennegrecida como las paredes de un horno a causa de las llamas de las velas. En el nicho de la aparición, hay una estatua no muy hermosa de la Virgen, y por debajo una inscripción en dialecto vasco "QUE SOY ERA IMMACULADA COUNCEPCIOU". En las paredes cuelgan muletas y todo el aparato ortopédico.

Toda esta zona del santuario se anima como por encanto en los momentos solemnes. Por la mañana, Misa en la gruta. En la parte delantera, dentro de un recinto separado por cadenas, hay algunos enfermos sobre angarillas y bancos. Una larga procesión de fieles, apretada e internacional, pasa al lado de la verja de la gruta, donde dos sacerdotes administran continuamente la Comunión. Cuando la primera fila ha terminado, la larga procesión continúa la marcha interrumpida; otras comuniones, y así sucesivamente. Durante la espera, las misas se suceden en el altar.

Santa Bernadette Soubirous

Por todas partes, en la explanada, una población cosmopolita, recogida, sigue la misa y las oraciones que un sacerdote declama en voz alta desde una silla de piedra, a los pies de la Santa Virgen. Ningún ruido, ninguna distracción. Sólo se oye la voz del sacerdote y el murmullo del Gave, impetuoso como el viento en el bosque, y la algazara de los pájaros que se persiguen entre los arbustos de las rocas. De vez en cuando se oye el tren, desde la otra vertiente del Gave.

Pero cerca de la gruta siempre hay alguien, después de la misa, incluso por la noche. Durante estos oficios, la imagen de la Virgen, allá donde hizo su aparición, es de una belleza suprema.

Las piscinas. El personal es numeroso, se les llama "camilleros", jóvenes, muy fuertes, hermosos, y también hombres maduros cargados de espaldas. En la oficina de Observaciones médicas, he obtenido un pase verde que me autoriza a visitar de cerca todas las obras de Lourdes, piscinas incluidas. Los camilleros son enfermeros voluntarios: uno de ellos, por ejemplo, me contó ayer que era un abogado belga.

Es algo realmente admirable, que haya siempre camilleros que se apuntan a este noble apostolado. Se ocupan de los enfermos que vienen aquí en el tren-hospital, y que quieren alojarse en las distintas residencias y hospitales. Los acompañan a las piscinas, que en realidad no son más que cabinas con una bañera. El enfermo, si esto es posible, entra en el agua por su propio pie, ayudado por dos camilleros que dicen sus oraciones. Si el enfermo es paralítico, se le sitúa sobre una tabla, después los enfermeros lo alzan y lo introducen en el agua. Durante la espera en el exterior, los peregrinos se agolpan y los sacerdotes los incitan a rezar.

El agua no se cambia y está muy fría. Cuando el enfermo sale del agua, no se le seca. No obstante esta cosas extrañas nunca se ha producido ninguna inconveniencia. El día antes de mi llegada se produjo una curación impresionante: un paralítico con una fractura en la columna vertebral, que se había producido quince años antes, ha saltado fuera de la piscina por su propio pie. El periódico "La Croix de Lourdes" tiró ediciones especiales sobre este acontecimiento.

En su despacho, el doctor Marchand, sucesor del doctor Boissairie, muy estimado en Lourdes, me informó que durante la procesión del Sagrado Sacramento, yo podría seguir de cerca y observar a los enfermos. Otro momento solemne, en el que se producen milagros, es el de la procesión del Sagrado Sacramento. A las 5 de la tarde sale de la gruta: la precede un número infinito de muchachas con velos blancos; después vienen los sacerdotes, obispos, peregrinos, y finalmente el Sagrado Sacramento. A una señal del doctor Marchand el cortejo se detiene, y 5 o 6 médicos – entre los que yo me contaba – se sitúan entre ellos, inmediatamente después del palio. La procesión llega a la explanada, cerca de la iglesia del Rosario; los enfermos se sitúan alrededor, componiendo un gran círculo.

El sacerdote, seguido de algunos curas y médicos, sigue las filas de los enfermos y los bendice uno a uno con el ostensorio. Es una enorme clínica lo que se abre ante nuestra vista. Todos estos desdichados seres, acostados sobre la espalda en las angarillas dispuestas en el suelo, muestran en sus rostros una esperanza mal disimulada, al mismo tiempo que una gran resignación. Algunos están muy pálidos, y revelan una angustia mortal y una confianza que les devora. La enfermedad los ha deformado a todos, pero su presencia masiva los transforma. En medio de la explanada, los curas gritan: "¡Señor, dame fe!" y el coro de enfermos: "¡Señor, dame fe!", "¡Señor, hazme ver!", y así sucesivamente.

La región de Lourdes

Un joven tendido en su yacija llora y grita: "Señor, cúrame!" Tambíen hay un hermoso niño paralítico, con las manos unidas y los dulces ojos vueltos hacia la blanca Hostia; los ciegos vuelven sus ojos apagados, inertes, hacia el lugar del que proceden las voces de los sacerdotes, pero no ven la luz eterna; un amplio grupo de mujeres descarnadas, dolientes, esqueléticas como momias, aprietan sus rosarios. La Hostia pasa en silencio. ¡Ninguna curación! El Señor, que puede devolver en un instante la vida, que es todopoderoso, se dirige a los corazones, a las almas, las inunda de una resignación cada vez mayor.

¿Acaso Bernadette, a quien se apareció la Virgen, no siguió siendo asmática, no permaneció paralizada sobre una silla durante los ocho últimos meses de su vida? Después de dar la vuelta al círculo de enfermos, la procesión reemprende la marcha. Desde lo alto de las escaleras de la iglesia del Rosario, el sacerdote eleva la custodia a los tres ángulos del mundo y los bendice.

Procesión de antorchas. A las 8.30 de la noche, el retiro de las antorchas. Es un espectáculo fantástico. Miles de personas parten de la gruta con antorchas en la mano, cantando un himno a la Santa Virgen. Cada estrofa termina con el Ave María, y todas las antorchas se alzan.

Suben por un lado y bajan por el otro, y cuando llegan a la explanada, la recorren en zigzag, por lo que se ven las filas luminosas alternarse en distintas direcciones. La basílica se ilumina: en todos sus límites hay bombillas eléctricas. Desde el castillo un reflector reverbera su luz sobre la basílica. Se ilumina la cruz sobre el Pic-du-Jer (alta montaña). Cuanto todos se hallan recogidos al pie de la iglesia del Rosario, se canta el Credo. La procesión ha terminado.

Esta mañana he subido al Pic-du-Jer en funicular. Desde allí se goza del espectáculo maravilloso del valle de Lourdes y de los Pirineos nevados: en el aire hay un perfume de flores y de hierbas: es delicioso.

A las 6.20 salgo para Toulouse-Marsella-Niza-Ventimiglia. Si el viaje se hace demasiado fatigoso, me quedaré en Niza, si no, seguiré hasta Génova.
Abrazos...


1 - Moscati era muy devoto de la Bienaventurada Teresa del Niño Jesús. Tenía su imagen en la habitación. Esta imagen se encuentra actualmente en las "Salas Moscati" de la iglesia del Gesù Nuovo.
2 - Atripalda y la región de S. Lucia di Serino, en Italia.
3 - En la iglesia de S. Nicola de Tolentino, en Nápoles, existe una reproducción de la gruta de Lourdes.

BIBLIOGRAFÍA
Alfredo Marranzini s.j., Giuseppe Moscati, modello del laico cristiano di oggi, Ave, Roma, 1989. Págs. 153, 186-192.


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