Ministros de la Eucaristía:
pan y vino vivos para los demás

Mariagnese Giusto
(traducción de Eloy José Santos)

Jesús presente en la Eucaristía:
presencia de Dios entre nosotros.

[Dirck Bouts, 1464 - Louvain, iglesia de S.Pedro]

Hoy día, y cada vez con más frecuencia, los laicos, con una adecuada preparación, pueden hacerse Ministros de la Eucaristía, y así ayudar en las iglesias y en los barrios donde hay pocos sacerdotes, y también colaborar con ellos a la hora de llevar la Eucaristía a los hogares de los enfermos y, en general, a todos los que no tienen la posibilidad de acercarse a las iglesias. Para los laicos esto significa también vivir la fe de modo más activo y consciente, recogiendo el fruto del talento recibido del Señor.

Ser Ministros de la Eucaristía significa, pues, potenciar el propio compromiso apostólico, perfeccionar la obra de catequesis, y transformarla, según la expresión de Juan Pablo II, en una verdadera nueva evangelización, de la que la sociedad de nuestros días siente una necesidad cada vez mayor.

Deseo brevemente expresar lo que significa para mí ser Ministro de la Eucaristía, y compartir con vosotros mi experiencia. Creo que se trata más que nada de hacerse "sagrario vivo", y pan y vino para los demás.

Bien, pero ¿cómo es posible hacerse pan y vino? Esto es posible mediante la fe, sólo con la fe: la fe no es sólo un buen sentimiento o algo que está fuera de nosotros: la fe es el único modo que tenemos de comunicar con Dios, y ello es posible a través de la oración. Debemos conocer a nuestro modelo Jesús para hacernos como Él, y no disponemos de más medios para conocerlo que la oración. Santa Teresa de Ávila decía: "La oración es un permanecer en amistad y una frecuente conversación solitaria con Aquél que sabemos que nos ama".

¡La principal oración es la Eucaristía! Y en la Misa encontramos a Jesús. Cuando antes de la Comunión rezamos al Cordero de Dios, me gusta recordar el primer encuentro de Juan y Andrés con Jesús (Jn 1, 35-39). Al ver a Jesús, Juan el Bautista dijo: "¡He aquí el Cordero de Dios!" Los dos discípulos que le oyeron hablar siguieron a Jesús". Cuando le preguntaron después dónde vivía, Jesús les dijo: "Venid y vedlo".

Durante la Misa - en la consagración - es cuando vemos lo que significa ser pan y vino: ¡La Hostia y el vino son una Persona! ¡Una persona viva! ¡Con la que podemos hablar como hicieron Juan y Andrés en casa de Jesús, sabiendo que es el rey del universo! San Pablo, en la Epístola a los Filipenses dice: "Para que al nombre de Jesús toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y en los infiernos se doble y toda lengua confiese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre". (Flp 2, 10-11).

¡Cuando damos o recibimos la Comunión hemos de acordarnos de esto, y también de que tenemos en nuestras manos al creador del cielo y de la tierra! Además, Jesús se hizo pan y vino la misma noche en que lo traicionaron, el día antes de su pasión; en la cuarta oración eucarística se dice: "Cuando llegó la hora de pasar de este mundo al del Padre, Él, habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los siguió amando hasta el final", esto es, mostró la profundidad de su amor.

¡Así pues, no fue en una noche de júbilo y entusiasmo cuando hizo esto por nosotros, sino cuando fue traicionado! Me parece que el pan se puede comparar con el amor, y el vino con la misericordia. Recordad la parábola del buen samaritano: ahí Jesús nos muestra lo que significa amar a nuestro prójimo y especialmente en qué consiste la misericordia: el samaritano "acercándose, le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino". (Lc 10, 34).

¡Ese vino es como la sangre de Cristo en la cruz, signo tangible de la misericordia divina: vertido en nuestra alma no sólo la cura, sino la renueva, la recrea y la llena hasta rebosar, de manera que el amor que damos a los demás es precisamente el mismo amor y misericordia que hemos recibido de Jesús y del que estamos llenos! La misericordia es el amor que "todo lo sobrelleva, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (1 Co 13, 7).

La clave para comprender la pasión del Señor en la Cruz es el Amor...
(Iglesia del Gesù Nuovo, Nápoles)

De modo que, ahora, imagina que eres pan: Jesús te toma... te trocea... te da a los demás diciendo: "¡Tomad!". El pan siempre está dispuesto a ser troceado y compartido. Es verdad que a veces se ve el pan en el suelo, arrojado a la basura... ¡Tú o yo podríamos ser ese pan! Sí, porque es más fácil aceptar que sea Cristo quien nos trocee, y no tanto nuestros semejantes, que nunca son tan delicados como Jesús... "Ser pan" significa estar siempre dispuestos a decir "tómame".

De este modo nos hacemos "hostia viva, santa, agradable a Dios" (Rm 12, 1), y comprendemos igualmente que el pan y el vino son una única cosa: no se puede ser pan sin el sacrificio y, por tanto, no se puede ser pan sin la sangre de la cruz de Jesús.

La Hostia es blanca y pura, pero cuando la contemplamos, debemos ver también la sangre de Jesús, la sangre de su sacrificio en la cruz. Jesús ha derramado su sangre en el cáliz al final de la cena, después de su cuerpo: creo que esto significa que se nos estaba entregando por completo: ¡no sólo el cuerpo, sino también la sangre que está en el cuerpo! ¡Él se ha "desangrado" literalmente por nosotros, por ti, por mí! La sangre (del cáliz) es para nosotros como el cáliz que Jesús bebió en el Monte de los Olivos. Nosotros deseamos beber del cáliz y convertirnos en vino para agradar a Dios. Como apunta Sta. Teresa del Niño Jesús, hacer la voluntad de Dios significa "agradarle", nada más.

Todos nosotros somos "templo del Espíritu Santo", como dice San Pablo en su primera carta a los Corintios: "¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?" (1 Co 3,16). y también en la carta a los Efesios: "Sobre el cual vosotros también sois edificados, para morada de Dios en el Espíritu" (Ef 2,22). Para ser un sagrario vivo hemos de dar testimonio del Señor como el Santísimo Sacramento en nuestras iglesias: en silencio... una luz. Él es paciente, manso, humilde, siempre dispuesto a escuchar, puro, simple. ¡Presencia de Dios entre nosotros!

Hace algunos años leí un cuento: había un misionero que todos los domingos iba a una aldea a celebrar Misa. Al final de la misma observaba cómo el jefe de la aldea se quedaba de pie, absorto, frente al sagrario. Algunos domingos después le preguntó: "¿Qué estás haciendo?", y el jefe le respondió: "¡Me estoy poniendo el alma morena!" Si esto es así, entonces - digo yo - podemos usar "crema solar" para ponernos más morenos: ¡podemos utilizar los Evangelios como crema solar!

El Santísimo Sacramento - siempre que nos encontramos ante Él en adoración - es nuestro "profesor particular", que nos invita además a entrar en el sagrario para estar con Él. Pero ya que no podemos estar siempre en la iglesia, recordemos que somos templo de Dios, y que dentro de nosotros hay un verdadero "sagrario personal": si aprendemos a entrar en nosotros mismos, en nuestro sagrario personal, en nuestro corazón, podremos estar siempre con Él, dialogar con Él, de manera que un día podamos realmente convertirnos en Él.

¿Imposible? ¡No!, porque "Todo lo puedo en aquél que me conforta" (Flp 4,13) y "yo vivo, pero no vivo yo; Cristo vive en mí, y lo que vivo ahora en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal 2,20).



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