S. José Moscati
Y el Beato Bartolo Longo
  fundador del Santuario de la SS. Virgen del Rosario de Pompeya

Alfredo Marranzini s.j.
Traducción de Fabiana Annicelli

Primer encuentroCarteo significativoLa mirada y el corazón de Moscati a los pies de la Virgen
A la cabecera del venerando Vegliardo5 de octubre de 1926: Muerte de Bartolo Longo

Primer encuentro

Juan Pablo II, en conclusión de la ceremonia de canonización de José Moscati, antes de la oración del Angelus, recordaba, entre otras cosas, las palabras que el nuevo santo habría confiado a Doña Emma Picchillo, la cual ha transcurrido toda su vida, o casi, en la sombra del Santuario de Pompeya y ha sido, durante varios años, la secretaria de Bartolo Longo: "Cuanta dulzura siento a la hora de entrar en el Santuario de Pompeya, a los pies de la Virgen parece que me vuelva más pequeño y le (a Jesús) digo las cosas tal y como son".

El Santo tomó una especial devoción a la reina del Rosario del Beato Bartolo Longo, que conoció cuando su familia pasó por Nápoles al obtener su padre, Francesco, el traslado del tribunal de apelación de Ancona al tribunal napolitano. Fue así que muchas veces le llevaron al Instituto fundado por S. Caterina Volpicelli en el edificio "Petrone alla Salute".

Bartolo Longo, junto con algunos de los muchísimos niños que él recogió, instruyó, y encaminó a un armonioso crecimiento humano y espiritual

En ese edificio había vivido, durante un tiempo, hacia 1870, el abogado de Latiano - Bartolo Longo - el cual solía volver a menudo a este lugar, incluso después de mudarse al edificio "Passero" de Largo Salvator Rosa, con la condesa Marianna Fornararo de Fusco.

Doña Rosa de Luca y el comendador Francesco Moscati (padres de S. José Moscati) frecuentaban la Volpicelli y las personas que, bajo la égida del Cardenal Sisto Riario Sforza, se unían a ella en el apostolado religioso y social, entre los que participaron estuvieron también los futuros Beatos Ludovico de Casoria y Bartolo Longo, Rosa Carafa, Giulia Salzano e Isabella de Rosis.

Los cónyuges Moscati quisieron que su hijo José, recibiera, el 8 de diciembre de 1888, su Primera Comunión en la Capilla de las Siervas del Sagrado Corazón. Cuando el 25 de noviembre de 1914 Doña Rosa, madre del Santo, "voló al cielo mediante una muerte de santa, lo que siempre había sido durante su vida", José quiso que las exequias y las ceremonias para el trigésimo día de su muerte, adelantadas de unos días (22 de diciembre), se celebraran ambas en esa misma iglesia.

El joven Moscati se quedó muy impactado por Bartolo Longo, que tenía 39 años más que él, y que cuando lo encontraba se acaloraba aún más en la devoción a la Virgen de Pompeya y en el amor hacia los pobres y los enfermos, dos rasgos que él heredó de su madre y de su hermana Nina que "tuvo en él un cómplice en ayudar al próximo".

Después de licenciarse en Medicina, título que obtuvo el 4 de agosto de 1903, llegó a ser el médico personal de Bartolo Longo, hasta la muerte de éste último, visitó a menudo el Santuario que él había fundado, llevando a veces consigo algún Asistente suyo, para que se acercara a los sacramentos, contribuyó con frecuentes y generosas donaciones a la realización de las obras de Pompeya y curó siempre gratuitamente a los huérfanos y a los enfermos que Bartolo Longo recogía.

Se estableció, pues, entre Moscati y Bartolo Longo, una profunda relación de amistad y de colaboración apostólica, cuyo intermediario fue a menudo Doña Nina, la hermana del Santo Médico.

La famosa imágen de la Virgen del Rosario de Pompeya

Correspondencia significativa

He tenido la ocasión de publicar algunas de las cartas que los dos se intercambiaron; ahora sin embargo, el historiador Rosario Esposito, junto con un largo artículo acerca de José Moscati y Bartolo Longo cuyo título es "así es como un santo cura a otro santo", ha editado la correspondencia entre los dos, encontrada en el Archivo de Bartolo Longo.

Se trata de 16 cartas que Moscati envió a Bartolo Longo y 3 de éste último a Moscati. Ellas nos permiten conocer mejor la relación entre estos dos personajes, tan lejanos por edad, formación y experiencia religiosa y sin embargo tan íntimamente cercanos por su común ansia de "justicia y caridad" regida por una fe viva.

Esta correspondencia -según Esposito- es extremadamente importante para la historia del arte médico, "puesto que estamos frente a uno de los grandes de la medicina… Pero el aspecto más importante es él que podríamos definir pedagógico. La profunda veneración (de Moscati) hacia su venerando paciente (Bartolo Longo) no se desvanece en ningún momento.

La amabilidad y la paciencia, a veces con puntas de ingenio, hacen que estos mensajes, a veces tan cortos como para parecer telegráficos, resulten extraordinariamente significativos…

Finalmente estas breves páginas representan un encantador vehículo para agilizar la reconstrucción de un panorama religioso y espiritual que hace de marco a una gran amistad. Historias paralelas de personajes de ciencia y de religión que de alguna manera entran uno en la biografía del otro; y en conclusión recuerdos y perspectivas acerca de su propia promoción espiritual y de la de las poblaciones meridionales" (1).

La mirada y el corazón de Moscati en los pies de la Virgen

Debido a que Moscati cuidó siempre gratuitamente, no solo de Bartolo Longo, de las monjas y de los pequeños huérfanos que ellas educaban, sino que también lo hacía de los enfermos que ellos le indicaban, y el fundador del Santuario de Pompeya se lo agradecía personalmente o a través de su secretario Giovanni Battista Allaria, enviándole como presente algún rosario o algunas publicaciones.

En una de las respuestas, siempre puntuales, de agradecimiento, tenemos la más hermosa expresión de devoción de Moscati hacia la Reina del Rosario. Así escribía el 20 de julio de 1926:

"Usted me ha halagado y honrado ampliamente con su carta y con sus agradecimientos, los que sin duda no merecía, puesto que he considerado un deber mío prodigarme al servicio de una persona, que había sido, por Usted, recomendada. Y, una vez más, se lo agradezco, a usted y a Don Allaria, por los magníficos regalos que me enviaron, recuerdos de la sublime obra de Pompeya.

Desde mi infancia me he mudado hacia la tierra, donde la Reina del Rosario ha atraído a tantos corazones y realizado tantos prodigios. ¡Y que Ella, Madre benigna, quiera proteger mi espíritu y mi corazón en el medio de los miles de peligros en los que navego, en este horrible mundo! Siempre que puedo, escapo a Pompeya, lo que se me hace cada vez más difícil, debido a mi apremiante profesión.

Aún así siempre que con el tren, paso por donde se ve el santuario, para ir lejos, de consulta, lo que es muy frecuente, mi mirada y mi corazón se quedan allí, donde se atisba en la arboleda el campanario en construcción, a los pies del ciborio, ¡sobre el que se yergue la imagen de la Virgen! Me perdone Usted si, mientras le escribo, mi pensamiento vuela hacia estos queridos recuerdos… Créame, siempre estaré a sus órdenes…!

José Moscati amaba ir con regularidad a Pompeya para curar gratuitamente a los niños y a los muchachos acogidos por Bartolo Longo

De particular interés son dos cartas de 1925, de las trasparece el ardor apostólico de los dos amigos, su respeto para los demás, su delicadeza de espíritu, su desinterés por su propia estima y las posibles incomprensiones. El 7 de septiembre de 1925 Moscati le escribía a Bartolo Longo:

"Anteayer acudió a mi consulta el ing. Gustavo D’Agostino, acompañado por su hermano S.E., presidente del Consejo de Estado. Él sufre de una gravísima enfermedad (un cáncer); pero no está dicho que no pueda mejorarse con una oportuna operación quirúrgica. Al contrario, esperemos que un lejano hilo de esperanza (que la enfermedad, en vez de un cáncer, sea un granuloma) se realice: lo que se descubrirá enseguida, dentro de 10-12 días, ya que si se trata de un granuloma, se curará como por arte de magia bajo el efecto de algunas inyecciones (cura probatoria).

¡Pero el problema gordo es que el ing. De Agostino está muy alejado de los SS. Sacramentos! ¡Afirma ser un hombre sin pecados! Y S.E. D’Agostino opina que cada hermano deba mirar por sí mismo y no pueda fijarse en el otro. Yo le regañé con dulzura al ingeniero sin celar mi asombro al saber que pertenecía al equipo de Bartolo Longo…

¿ Como creéis que se pueda abandonar a ese alma en los peligros a los que se arriesga?

Estoy seguro de que su vida humana estará a salvo, pero éste ha sido un gran advertimiento que ha tenido, y sabéis que estas enfermedades, aún curadas, se reproducen con extrema facilidad, lo que intentaremos evitar, con un tratamiento de rayos X, tras la operación quirúrgica.

Sin embargo, he querido escribirle para que la Virgen de Pompeya llame consigo a ésta alma buena, pero templada".

Bartolo Longo se lo había agradecido a Moscati, pero luego se le olvidó y, cuando volvió a escribirle, le pidió unos consejos para su propia salud y quizás, manifestándole cierta perplejidad hacia algunas declaraciones atribuidas a Moscati. Éste así contestó, con un mensaje sin fecha:

"Mañana por la mañana iré al Valle (de Pompeya), iré a la iglesia, y tomaré la S. Comunión, luego iré a verle; y quiero confesarle que por usted lo dejaría todo, le pondría a Usted en primera línea, antes que a los demás…

Le escribí por el señor D’Agostino: ha ido a París. Usted me contestó; yo se lo agradecí y le di noticias de D’Agostino, sin relación con los preceptos de la S. Iglesia. Yo no pude interpretar esa frase. Y le aseguro que no había desvelado un secreto de confesión, rogándole de que lo intentara todo, con tal de que el buen D’Agostino, que es una persona excelente, volviera a acercarse a los Sacramentos, porque está amenazado por un mal inexorable"..

A la cabecera del venerando Vegliardo

Más frecuente fue el intercambio epistolar durante la última enfermedad de Bartolo Longo. El 24 de marzo de 1926 el ilustre clínico trazaba la dirección terapéutica a seguir. El día 29 del mismo mes le repetía al amigo:

"Creo haber trazado una vía de la que… ¡no se debe descarriar! Es decir pocos fármacos y cambio en los hábitos lo más posible. Nosotros que estamos acostumbrados al agua del Aosino y del Serino, es preciso que no cambiemos de agua potable. Ajústese a estos pocos preceptos que le he dictado. Ha hecho bien en recibir el aceite sagrado, no porque el Señor os quiera con Él, ya que aún no ha llegado su hora, sino porque se ha usted conformado con el consejo de la carta católica de Santiago (4, 14-15) el cual, cuando veía que una enfermedad insistía, pedía la unción, como remedio no solo del alma, sino también del cuerpo".

Bartolo Longo y José Moscati en un cuadro de Ciro Adrian Ciavolino, en el Santuario de Pompeya.

Moscati, que no era un teólogo, sino un creyente constante en la lectura de la Sagrada Escritura, había muy bien entendido y puesto en práctica, que cristianismo, enseñando la resignación frente a la enfermedad, no aleja de una justa y necesaria lucha contra todo lo que es un obstáculo a la vida, a la salud y a los bienes con ella relacionados.

El 12 de abril de 1926 Moscati, alegrado por las buenas noticias recibidas sobre la salud de Bartolo Longo, pidió mayores detalles acerca del ulcus rodens, del que sufría, en vista de una eventual y más prolongada aplicación del radium, del que asegura no tener molestias, y aprovecha la ocasión para elevar un himno al Creador:

"Elevemos pues la mente a Dios, a cuyo conocimiento ha admitido al hombre; y ha permitido que los hombres disfrutaran durante un poco de tiempo de sus regalos terrenales, pero los ha luego incitado a que supieran alejarse de ellos, mucho más será pues lo que él nos dé en una vida mejor. El Radium es una de las cosas admirables de Dios, que se ha conocido en estos últimos años (¡y cuántas cosas más que aún se ignoran!). Si fuera preciso, acudiríamos pues una vez más al Radium".

Tenemos aquí al científico contemplativo que invita al jurista Longo, animado por la misma fe, a que eleve su pensamiento al Creador, que ha puesto el universo, en toda su inmensidad variedad y belleza, a disposición del hombre, para que se sirva de él, sin olvidarse, eso sí, de su caducidad.

¿Tal vez Moscati quisiera preparar Bartolo Longo al tránsito, que ocurriría a los pocos meses? La edad avanzada y la enfermedad ya crónica, hizo que fuera de alguna manera previsible. ¿Pero quién podría pensar que justo un año después, a partir de la fecha de esta carta Moscati, con solo 47 años, pasaría repentinamente a esa "mejor vida" que había señalado al amigo?.

Él siempre estaba preparado y se había acostumbrado a reconducir cada criatura, sobre todo las flores que su hermana Nina siempre le dejaba "encima del escritorio, en el despacho, en los salones, en el comedor", a la belleza y grandeza de Dios y a tener presente la caducidad de las cosas y la fugacidad de la vida.

5 ottobre 1926: muerte di Bartolo Longo

El 7 de mayo del 1626 Moscati manda una carta a su amigo, en la que escribe entre otras cosas:

"Usted ha sido el heraldo de la Virgen SS.ma y tiene que ser testigo, quedándose mucho tiempo todavía en la sombra del Santuario, de muchas gracias y de los triunfos del Rosario. Yo me acuerdo de usted, y aún en el mar de los vínculos en el que me encuentro, pienso en usted, y de gran pecador cual soy, rezo a Dios para usted. Pues mis oraciones, pese a que sean como los gases pesados que bajan sobre la tierra, y no ganan el Cielo, aún así se inspiran a la buena voluntad.

Santuario de la SS. Virgen
del Rosario de Pompeya

Viva pues mucho y bien, y diga como S.Martín longevo entre sus monjes en oración: non recuso laborem. Y S.Martín se quedó, sí, todavía en la tierra, pero para consolar con su presencia a sus hermanos, a sus hijos de Dios, para animarlos en el trabajo de la Viña del Señor".

Bartolo Longo enseguida contestó: "la mañana del 8 de mayo recibí su cariñosa carta. Sus palabras son un gran consuelo para mis penas y lleno de agradecimiento, he invocado en la hora de la Súplica e invoco cada día para usted la bendición y el amparo de nuestra Virgen de Pompeya. Acepto el augurio, y, como S. Martín, repito: non recuso laborem. ¡Pero necesito las fuerzas! El agotamiento me impide hablar, oír hablar y pensar".

Los pocos pasajes citados del carteo entre José Moscati y Bartolo Longo son tan relevantes como para animar al lector a que lea todas las cartas. La noche del 3 de octubre, a las 22 horas, Moscati visitó por última vez a su amigo enfermo y, tras haber constatado la llegada de una doble pulmonía, saliendo y con los ojos llenos de lágrimas, exclamó: "!no hay nada más que hacer! Don Bartolo nos dejará en unos días".

El 5 de octubre de 1926 Bartolo Longo expiraba. Tras apenas seis meses, el 12 de abril de 1927, su amigo José Moscati, truncado por un ataque cardíaco, lo alcanzaba en el Cielo.

El clínico Moscati y el abogado Longo en su tiempo, además de ser amigos, fueron un polo de atracción para creyentes e incrédulos, científicos, profesionales, categorías de cualquier extracción social, pero sobre todo para pobres, enfermos desheredados. En el mundo de hoy en día su mensaje sigue guardando su frescor y eficacia, porque procede de una única fuente perene, Jesús, y responde totalmente a las exigencias socioculturales actuales.

Nota
1.
Rosario Esposito, Come un Santo cura un altro Santo, en Palestra del Clero, n.69, 1990, pp.966-967.

Primer encuentroCarteo significativoLa mirada y el corazón de Moscati a los pies de la Virgen
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